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Como en la anterior carrera, este último post me lo tomo como algo personal, me gusta dedicar la última entrada a mí punto de vista de esta aventura.

Permítanme decir que esta carrera no depende de tu condición física. Puedes ser el mejor atleta del mundo que si te salen ampollas como bolsas del mercadona, no tienes nada que hacer. Si te deshidratas o no tomas la cantidad de sales necesarias, no tienes nada que hacer. Si te resbalas y te lesionas, no tienes nada que hacer. Si no tienes UN COMPAÑERO, no tienes nada que hacer.

Una de las cosas que más valoro de esta carrera no es nada deportivo, es el compañerismo que se vive en el campamento. Los españoles han sido una auténtica familia los unos con los otros. Es una experiencia tan dura mentalmente que tus compañeros de fatigas forman lazos muy fuertes. Tratas de luchar contigo mismo en mil y un momentos de la carrera. Una palabra de ánimo, un empujón o arrastrar a un compañero en un momento determinante de la carrera son el “click” que te hace falta para continuar. He vivido escenas muy duras, animales de 2 metros de altura llorando como niños por el esfuerzo realizado, mujeres de armas tomar apretando los dientes y machacando el terreno que pisaban. Cuando vives una carrera de este tipo de cerca, ves que no estás haciendo todo lo posible en tu vida. Hay otras vidas que se viven más intensamente

La gente que no sabe de esto (yo incluido) preguntamos el porqué de este sacrificio, de este desgaste de nuestro cuerpo. Yo lo he entendido en estos días. Llevar tu cuerpo al límite es parte de tu misión en la vida, debes saber qué eres capaz de hacer. Nunca sabes cómo reaccionarás en situaciones límites, en momentos de desesperación. Los que corren la Maratón de Sables, terminen o no, han comprobado, al menos una vez en su vida, hasta donde pueden llegar. Solo sientes orgullo por cada una de esas personas que le han plantado cara a la vida y han peleado por terminar un reto. Se han visto en situaciones realmente nuevas para ellos y aun así, han salido airosos. Hay gente que en esta carrera que no tiene piernas, que ha superado un cáncer o que incluso está pasando en esos momentos por la etapa final de su vida (un americano corría tal vez su última carrera, los médicos le dan pocos meses de vida). Tenemos un caso más cercano como es el de Manuel un andaluz que, con 16 años, ha superado dos Linfomas de Hodgkin y créanme que ha sufrido muchísimo para terminar con su padre la Maratón de Sables. Ellos corren para concienciar a la gente en la donación de médula.

Es alucinante ver a un grande como Chema Martínez ir a animar a todos y cada uno de los españoles. Es impresionante ver como todos y cada uno de ellos le devolvía ese calor antes de arrancar la última etapa. Se me pone la piel de gallina cuando llega un español, derrotado, arrastrando los pies, cabizbajo, después de cuarenta kilómetros y cuando pasa por delante de una caseta española se lleva una ovación como si hubiese ganado un campeonato del mundo. Cada persona que está tirada en su haima muerta de cansancio, saca fuerzas para aplaudir, vitorear y jalear al abatido corredor. Eso solo pasa con los españoles, por cierto. Según los profesionales de este tipo de carreras, el ambiente que se vive en Sables es mágico. Nunca han vivido el compañerismo verdadero, el compartir comida con el hambriento o el ponerle un paño húmedo en la cabeza a alguien que está exhausto.

Los abrazos son verdaderos, se nota en la cara de cada uno de ellos que el agradecimiento es sincero, que la ayuda es desinteresada y que realmente están dando todo de sí mismos. Hemos vivido una experiencia extrema, única en la vida, todos juntos. Ya me dijo mi anfitrión Olivier: “Sables cambia a las personas, para siempre”, cuánta razón.

Sentimentalismos aparte, me ha gustado mucho ver el otro lado de las personas. En ese campamento convivimos altos ejecutivos, albañiles, amas de casa, enfermeras, ingenieros, dentistas… pero todos hacemos lo mismo y tenemos las mismas necesidades. Me hace gracia pensar que en “la civilización”, ponemos música cuando vamos al baño y hay alguien cerca para que no nos oiga… He visto gente que ha cagado como si una hormigonera descargara sobre unos cimientos, a dos metros de mí. Incluso más cerca. La vergüenza se ve menos que la lluvia. Allí nadie se corta un pelo si mientras habla contigo se tira un pedo. De hecho ni siquiera para de hablar, eso es natural allí. Recuerdo que uno de los primeros días llegué a la caseta de los canarios y me olió a cloaca. En seguida detecté que eso venía del culo de mi hermano, que seguía haciendo sus “quehaceres” sin inmutarse lo más mínimo. Se me quitó rápido porque a los cinco segundos sonaba otro en el otro extremo, lo que viene siendo un concierto de viento con todos sus espectadores participando.

Como esos ejemplos tan simples, ocurren otras muchas situaciones en las que te das cuenta que todas las personas somos iguales, sean de la nacionalidad que sea, vivan donde vivan, trabajen en lo que trabajen. La vida es mucho más simple de lo que lo hacemos.

Después de estos días de convivencia, con gente de todo tipo y condición, absolutamente desconocidos para mí y que me han enseñado tanto, sólo me queda estar agradecido.

La etapa de Unicef ha sido otro ejemplo más, al no contar el tiempo de carrera, todos han ido disfrutando del paisaje, compartiendo con otros corredores más lentos o más rápidos. Hoy han disfrutado todos de su afición, desahogo y modo de vida, correr.

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