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Se puede decir que hemos cumplido con creces nuestros objetivos para este primer stage en Fuerteventura. Descubrir que puede fallar en una carrera como la Maratón de Sables, qué debemos entrenar con mayor ahínco o incluso cómo nos va a desafiar el hambre en el desierto.

Han sido tres etapas de unos 30 km de media que han tenido un poco de todo. Es cierto que teníamos preparadas las etapas, pero sobre el mapa. Eran lugares que no habíamos recorrido nunca y tampoco podíamos estar seguros de que terreno exacto nos íbamos a encontrar. Este desconocimiento trajo las primeras sorpresas el viernes en la primera etapa. Por lo pronto, ya nos costó acostumbrarnos a llevar la maleta cargada de comida y con el saco de dormir a cuestas. No había manera de colocar un saco que se antojaba voluminoso e incómodo en cualquier sitio que se ubicara. Parece una tontería pero este saco se encargó de hacer un bonito agujero en el pantalón, calzoncillo y posterior rozamiento en el trasero de Ruymán. Claro que no se dio cuenta hasta que notó que algo “le picaba”…

Otra consecuencia del desconocimiento, en este caso del lugar, fue la búsqueda de un sitio para pasar la noche del viernes al sábado. Por más que intentamos bajar a una playa, las laderas seguían escarpándose y haciendo una montaña rusa interminable. Cabe destacar que además cargábamos con el agua de esa noche y la del día siguiente. El sol se iba escondiendo y no había manera de alcanzar la playa. Andando por unas laderas de piedras muy sueltas, con una caída considerable a nuestro lado. Por cierto, caídas también se nos presentaron en ese último kilómetro. Imposible avanzar sin tropezar o resbalar, nuestras piernas dieron fe de la dificultad del terreno. Así pues, no quedaba otra que parar, sacar los sacos y dormir, la noche ya había llegado. Allí mismo, con una inclinación considerable y sobre piedras nos disponíamos a probar la primera comida liofilizada.

Imaginaos sin luz, con tu frontal, haciendo un pequeño espacio horizontal con piedrecitas para colocar el infiernillo militar con su pastilla y un caldero donde calentar medio litro de agua. Tiene que ser la cantidad justa, el agua será un bien escaso en la prueba y en esta ocasión también. No hace falta hurgar en la herida pero la comida salió de pena… el agua no estaba lo suficientemente caliente, uno se llevó más agua que el otro, la comida no se hizo correctamente… En fin, un desastre. Cucharada tras cucharada de polvo y comida sin hacerse llegamos a las 8 de la tarde. Hay que pensar que a las 18:30 ya era de noche y después de cenar la noche era totalmente cerrada. Parecía que ya eran las 12 de la noche así que abrimos nuestros sacos, pusimos nuestros pies hacia la caída de la ladera e intentamos cerrar los ojos.

Como era de suponer, dos horas después seguíamos contando ovejitas. No había manera de dormir en ese infernal suelo inclinado. Pero como una dificultad no viene sola nunca, el hambre hizo su aparición, las gaviotas (que por lo visto dormían justo en el mismo metro cuadrado que nosotros) y el dolor de espalda por las piedras nos hizo plantearnos qué cojones hacíamos ahí. Comimos algo más y a dormir… eso sí, con una piedra en cada mano por si las gaviotas optaban por cambiar la táctica de rompernos los oídos por la de ir a por nosotros sin misericordia. La noche fue larga, muy larga.

Con el primer rayo de sol y con ganas de largarnos de ahí, nos pusimos nuestras pesadas maletas y arrancamos. La etapa del sábado no fue tan dura, esta vez no nos equivocamos de camino y pudimos hacer mucha pista y mucha arena. También es verdad que nos vimos  obligados a caminar la mayor parte del tiempo porque se nos cayó parte del agua por la ladera la noche anterior. No podíamos arriesgarnos a deshidratarnos. Son increíbles los paisajes de ensueño que esconde Fuerteventura. Ni las mejores localizaciones de cine superan las playas majoreras. Disfrutamos mucho de la etapa y acabamos nuestros 30 kilómetros a una hora razonable. Esta vez para dormir nos juntamos con el equipo técnico que tenía una caseta de campaña. La alojamos en una llanura arenosa, blandita y con muchos puntos para ser la superficie perfecta para descansar. Comida liofilizada, unos snacks de nuestro ejército y al saco.

La tercera etapa fue la más rápida de todas, no cargábamos con tanta agua ni comida  y no teníamos tanta pendiente en carrera. Probamos a meterle un poquito más de ritmo a la marcha a ver qué tal respondía nuestro cuerpo. Nos hacía falta soltarnos, darle caña al cuerpo, se nos dio muy bien. Si es verdad que solo fueron tres etapas y los hombros estaban muy rozados, los trapecios como piedras y algo de dolor en las piernas. Nos falta mucho entreno, elegir una forma correcta de distribuir el peso en la mochila y acostumbrarnos a estas nuevas condiciones de carrera.

Con un buen pescadito al horno en Morrojable dimos por concluido el primer test, es hora de tomar apuntes, corregir errores, cambiar hábitos y conseguir, entre otras cosas, unos sacos de dormir más pequeños. Una experiencia espectacular, enriquecedora. Por cierto, vayan a Fuerteventura, piérdanse en sus interminables playas, todo un paraíso aquí al lado. Nosotros la visitaremos en el próximo stage.

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